Le asignamos un valor gigantesco a la imagen, pues muestra y por tanto impacta; a la palabra, que dice y proyecta la existencia de lo que nombra; a la música, que brota de lo más profundo de lo humano.
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Seguir viviendo La borrasca, de Romualdo Retamal Javier García Una novela existencial, que se pone pesada porque introduce en su relato el género policial. Difícil suma, que da por resultado una intriga mayor: Un desafío para los lectores. La borrasca, de Romualdo Retamal es un pretexto por donde se la mire para retratar el Chile de los 90. El de una alegría falsa, que sólo llegó a través de la deuda y dependencia económica. Al parecer, estoy casi seguro, de quien vive lejos de Chile logra ver mejor su presente. Los de acá, estamos muy cerca para ver nuestro alrededor con tiempo y pausa. En las primeras páginas de La borrasca leemos: “Luego aspiró una bocanada larga de aire contaminado mirando a su alrededor como queriendo asesinar a todo aquel que le rodeaba, todo esto se vio clarito, aunque el día está nublado y lleno de humo de máquinas montadas por choferes sudorosos que se relajaban haciendo sonar sus bocinas”. La borrasca cierra su historia en la carretera: un automóvil regresa veloz hacia la capital. ¿Qué nos quiso mostrar Romualdo en La borrasca? ¿Qué quiso decir cuando escribe?: “Y, para que todo esto sea así, he concluido que lo mejor es parapetarme en la neutralidad, porque la neutralidad es como evaporarse”. El aquí y el ahora, de Romualdo, como un maestro zen sin querer enseñar nada. Sólo vivir el ahora de quien sabe que morir es seguir viviendo y desaparecer es seguir estando en la memoria de los otros. Sin embargo, hacia al final de esta novela su autor anota: “La humanidad ha aprendido que todo lo posible no es siempre posible, que para que sea posible lo posible se necesita que todos los factores que intervienen en una situación actúen al unísono y hacia una misma dirección”. La historia de Gustavo, del guatón Castañeda, de Carla no termina en el lugar que el autor nos propone. Hay algo más acá. La novela de Romualdo es un policial, que se pone pesado, porque quiere descifrar el alma de sus personajes. Y esto prospera, fluye en la misma dirección donde todo va a parar. Su autor sabía cómo terminaba su historia y quiso adelantarnos antes la nuestra, la de los chilenos que vivimos en la neutralidad de la ciudad aunque lo posible no sea siempre posible.
Video grabado en cárcel de Angol, a Héctor Llaitul, dirigente de la CAM.
La acusación lo responsabiliza de facilitar información emanada directamente desde la Central Nacional de Inteligencia sobre opositores a la Dictadura.
José Huenún dice: Hay textos que nacen libres y otros que nacen en prisión. Hay lenguajes que ofrecen los escabrosos, pero deseados caminos de la libertad y otros que proyectan la sombra espesa y agobiante de los muros. Weichan de Héctor Llaitul Carrillanca y Jorge Arrate comparte todos esos designios, todas esas marcas, tanto en su nacimiento como en su concreción editorial. Llaitul, su autor preponderante, permanece hoy en la Penitenciaria de Angol, cumpliendo la condena de 15 años que la ley ha impuesto a su conducta y a su lucha. Sin embargo, aunque ausente de la vida civil, la voz de Llaitul, su memoria íntima y su memoria social, se expanden y contraen en un flujo discursivo que entrelaza el discurso político, los antecedentes históricos y la sobrecogedora narración biográfica. Aquí la oralidad otorga respiración al recuerdo, cuerpo y movimiento a la imagen huidiza y fragmentaria de los hechos. Aquí la escritura captura y delimita la conversación amistosa entre un dirigente y weichafe mapuche-huilliche y un político e intelectual chileno, restableciendo en su márgenes los antiguos protocolos del diálogo: la igualdad ante la palabra y el respeto irrestricto a las leyes del nütram comunitario. El hombre que fuera considerado en su momento como el enemigo público número uno del país, despliega sin afeites sus dotes de orador y de analista, sus fundamentos teóricos y su experiencia militante. Así, el weichafe habla y ordena la realidad vivida, propone una visión de sí mismo, de la sociedad mapuche y de su tergiversada historia nacional. Tanto Arrate como Llaitul saben que los documentos de la civilización se han escrito con sangre y lágrimas y que aquello no ha dejado de ser una nítida y creciente verdad en este Chile del siglo XXI. Por eso, uno de los méritos del libro es constituirse en el testimonio de un posible nuevo orden textual, de una nueva y plausible democracia de las voces y de los actos individuales y colectivos. El weichafe sabe que el peligro final no es la reja, el cautiverio, sino la desmemoria, el borrón y la ignominiosa cuenta nueva. A la amnesia colectiva, promovida sin pausa por el poder político y económico reinante, Weichan opone un decidido dedo en la llaga: el heroísmo de los dichos y los hechos de un pueblo sentado desde hace doscientos años en el juzgado de indios de la modernidad. Weichan es, por lo mismo, el reverso del tejido verbal de una época, la palabra plural y ritual de hombres y mujeres mapuche que refunda la visión de una patria propia a través de la ética del sacrificio y del zugun –lenguaje de todos- usurpado y colonizado desde hace más de un siglo por un orden cultural que todavía perdura.
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